viernes 19 de marzo de 2010

'' Costurera tropezó''


No era la bobina, la aguja era nueva, el hilo de primer calidad, los enchufes estaban bien conectados y yo en la maquina era una experta.

Lo sobre natural era la única posibilidad. Todo eso en lo que jamás creí, toda esa bola de farsas sobre existencias paranormales que conviven con los humanos. Todo eso me acosaba. La paranoia era más fuerte que mis propios ideales. Era, incluso, más fuerte que la idea de dejar plantada en el altar a la dueña del vestido, dejarla en ropa interior sólo cubriéndose con el ramo de flores que la caracteriza.

Inconcebible, no encontré otra palabra para describir la situación.

Hábilmente posé la máquina de coser en el suelo y comencé a desarmarla con la rapidez de un avión y la delicadeza de una madre.

En unos minutos la maquina estaba desarmada casi en su totalidad. Analicé pieza por pieza buscando el pequeño (o en su defecto gran) desperfecto que me impedía continuar con mi trabajo. Al cabo de unos minutos me topé con un hilo enganchado en uno de los engranajes principales. Pensé que podía ser sólo un pequeño tramo de hilo. Pero para mi sorpresa y la de mi orgullosa percepción el hilo al parecer provenía de algún carretel olvidado en algún lugar de la casa.

Comencé a caminar mientras recogía el delgado hilo que me estaba retrasando. La máquina ya podía ser usada pero mi curiosidad era impaciente y a estas alturas ya se había apoderado de mi cuerpo.

La casi imperceptible línea negra daba vueltas a la mesa (tres para ser exactos), pasaba sobre el futón, luego se enredaba en el perchero, subía hasta el ventilador y se dirigía hacia la biblioteca.

Con apuro y desconfianza abrí la puerta. Sin encender la luz continué recogiendo el hilo. Metros y metros de hilo que nunca acababan.

Para cuando quise prender la luz mis brazos se encontraban enredados en hilo, metros y metros; mis pies estaban igual de enredados y cuando intente dar un paso caí al suelo. Por más que intenté zafarme no pude. Cada mínimo movimiento imprimía más presión a los hilos que me rodeaban. Empezaba a sentir el pulso en cada milímetro de mi cuerpo, el calor me atosigaba, más calor, más presión, más calor. Y en un último respiro vi una rata que me masticaba.

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