
Estaba terminando con mi prenda. Al fin iba a hacer ropa de verdad, ya no más remiendos en cosas compradas. Salí resplandeciente a un día de lluvia que parecía echa con un colador de esos que dejan pasar gotas muy finas. En momentos como estos recuerdo a Eduardo Pérez diciéndome: Usted aprendió a tocar la guitarra por merito propio, empezó a escribir, y es muy bueno, por merito propio ¿Qué esta esperando para seguir adelante?
Llevaba un pañuelo violeta al cuello y necesitaba un paraguas, recordé que hacia unos meses había visto uno en un mercadito chino, de esos que venden estupideces baratas que no sirven para nada y que obviamente yo adoraba, en el mismo tono del pañuelo.
El chinito de la caja como de costumbre me atendió con la menor simpatía posible (créanme que es nula más que menor) y después de dejar mi bolso en un casillero entré en busca del paraguas. Lo tome en mis manos, lo observe un rato y hubo algo en esa imagen que no me gusto. Debería priorizar mis estudios. Necesitaba un costurero porque los alfileres y las agujas nadaban sueltos en mi mochila y cada vez que mis manos se aventuraban en busca de algo salían con algún pinchazo.
Crucé la calle Entre Ríos hacia la librería emblemática del lugar. Recorrí los pasillos buscando algún tipo de caja que me sirviera para mi necesidad. Como siempre, el distraído, no encontró nada. Pedí ayuda a una de las chicas que estaban en el mostrador de los lápices. Y como era de costumbre me mando al mostrador indicado. Habían cajas en tres tamaños y en cada tamaño habían tres colores. Elegí la roja mediana.
Salí contento con mi “costurero” en una bolsa balanceándose acorde a mis pasos. Cuando me puse a pensar en como podía personalizar esa cajita roja. No encontré otra manera que un collage, pero para eso necesitaba revistas con buenas imágenes y las que ya tenia en casa estaban hechas pedazos gracias a mi manía con los collages. Entré en una librería en donde vendían revistas viejas, me abalance sobre las “cosmo…” (Ya había usado de esas y son cien por ciento aprovechables) cuando en mi curiosidad veo un ejemplar de la entrañable “Pelo” con Bon Jovi en la tapa. Solté la Cosmopolitan y me metí de lleno en el anaquel que encabezaba la Pelo. Unas revistas más atrás estaba ella en la portada: con su pelo rubio tirante hacia atrás y un corpiño cónico que apuntaba a mis ojos amenazándolos con sacarlos de mi cuerpo. Era la mismísima chica material, Madonna. Tome la revista sin pensarlo y me la llevé junto con otras que en al portada tenían a los Illya Kuriaki, Caetano Veloso y Pedro Almodóvar.
Llegué a la parada del colectivo y aún había llovizna. Me quedaban ocho pesos en los bolsillos. Recordé (un poco tarde) que me habían pedido que no hiciera gastos efímeros (¡ja!). Mis pies empezaron a avanzar y yo no tenia nada en la mente. Entre en un local de bijouterie, adornitos y chucherías a comprar una alcancía metálica con algún dibujito tierno. Necesitaba ahorrar. Lo cual fue irónico al ver que la alcancía costo siete pesos con cincuenta y por obvias razones sólo iba a contener cincuenta centavos en ella hasta nuevo aviso.
De regreso a la espera del ómnibus recordé a Elena, graciosamente porque era mayo y estaba lloviendo, lo cual, así dicho no tiene sentido. Elena es fanática de Ricky Martín y a mi se me había venido a la cabeza una canción suya que decía: “…tu recuerdo sigue aquí como aguacero de mayo…” P.D.: Enzo te amamos.
Este día parecía sacado de algún almanaque viejo. Tenía las últimas noticias de la escena musical de unos años atrás y estaba pareciéndome que era feliz…
Ahora sentado frente al monitor mientras tipeo y releo este relato me doy cuenta de que no tiene mucho sentido, no tiene principio ni final, tampoco hace referencia a ningún tema importante. Es simplemente una mañana en mi vida.



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