
Sentiría pena de opacarlos. Sus ropas, su forma de escribir, de leer, encajan tan agradablemente; casi como si la lluvia en dos ciudades se hubiera puesto de acuerdo en unirlos. Hacerlos caminar hasta la frontera para encontrar un fino rayo de sol, un pequeño espacio de cielo despejado, cielo contento.
Me siento avergonzado, me siento irradiado por esa luz que provocan sus cuerpos cuando se unen. Dónde estás mi otra mitad.
Siento que si los veo los abrazo y me pongo a llorar como una nena que acaba de ver a la madre de Bambi morir.
Las señoras siempre quieren el rubio Susana; yo siempre quiero un amor como el de ellos.



Atrasadas gracias, Mati, por el virtual homenaje real a lo virtual y a lo real de nuestro amor.
ResponderSuprimirPegué dominio en esta página, fijate qué onda.
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