Nos veíamos las capuchas rojas entre los árboles. Trate de llamarle la atención con mi canasta. No me veía, no reaccionaba.
Estuvimos quietas un tiempo largo. Esperando que la otra hablara. Recorrimos tres estados: intriga, miedo y alegría. Las dos teníamos miedo y queríamos abrazarnos, pero no nos conocíamos y éramos similares sin embargo.
Había caído la noche, esto hacia al bosque más oscuro, más frondoso, más profundo. Dos ojos brillantes, frente a nuestro muro antisocial impenetrable, nos hacían caricias con garras que no pudimos detectar antes de que nos tocaran en la oscuridad.
Mi cuerpo estaba adormecido y dolorido al mismo tiempo. La veía a ella tirada a pocos metros de mí. Estábamos en el mismo estado: la ropa interior por el suelo, las capuchas hechas pedazos, las capas rojas se habían vuelto bordó, las faldas blancas estaban llenas de pegotes seminales de lobo en celo y las dos asustadísimas y doloridas comenzamos a llorar mientras nos acercábamos una a la otra.
Estuvimos abrazadas mientras nuestros úteros y heridas sangraban sin cesar. Lloramos hasta quedarnos inmóviles. Quisimos separarnos para volver a los lugares de donde veníamos pero no pudimos. Tratábamos de despegarnos y nos dolía demasiado. Nuestra sangre se había secado dejándonos pegadas hasta el fin de la cicatrización de cada cuerpo.
No nos movimos para no desangrarnos… fallecimos por miedo a la muerte.
jueves 28 de mayo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)



Eso también me recuerda a algo que yo colgué en el fotolog hace unas semanas: el poema que se llama "Caperuza" y es un poco también una reescritura en clave irónica, como una mancha oscura y amorfa sobre una ilustración de cuento.
ResponderSuprimirMe encanta. ¿Seguimos?