viernes 8 de mayo de 2009

''Galactica''


Romina venia a buscarme en unos minutos. Iba a ser la primera vez en dos meses de noviazgo que íbamos a tener sexo.

El segundero me atormentaba, las medias de lycra comenzaban a ajustarse a mis piernas de a poco y mi piel transpiraba como la de un cerdo.

Sonó el timbre. Era ella.

La bese y la abrase más fuerte que nunca. Caminamos unas cuadras manteniendo conversaciones sin importancia, hablábamos del estado del tiempo, del transito, de la menstruación, como si fuéramos dos desconocidas. Y la verdad que un poco así era…

Ella, como siempre, eligió un lugar adecuado para nuestras necesidades. Un hotel enorme ubicado frente a la plaza principal. Con pisos de mármol blanco, alfombra roja en las escaleras, ascensores revestidos en madera, digno de dos princesas, que obviamente, se querían portar mal.

Entramos en la habitación y nos miramos las caras un rato. Paralizadas como si todavía no nos hubiéramos dado nuestro primer beso. Caminamos unos pasos y nos sentamos en la cama tomadas de la mano. Nos mordíamos los labios nerviosas. No sabíamos como proceder.

Me tomo la cara con sus manos tibias.- ¿Estas segura?- La miré fijo y la besé apasionadamente.

Los botones se desprendían en una guerra de brazos que luchaban contra la ropa. Los cabellos iban enredándose conforme a nuestros cuerpos. La piel se me erizaba, no podía contener tal placer dentro de mi cuerpo, grite, gemí con todas mis fuerzas; quería hacerle saber que hacia las cosas bien. En unos minutos había acabado. Las dos anonadadas mirábamos el techo como si recién nos hubieran traído al mundo y admirábamos aquella planicie blanca como lo más maravilloso que pudiera existir en nuestra corta vida.

La mire fijo, ella parecía exhausta, le pregunte si quería que actuara yo ahora. Para mi suerte y asombro más tarde respondió que si.

Trate de imitar sus movimientos, su tacto, su delicadeza salvaje. Funcionó. Pero, a diferencia de mí, su garganta produjo unos chirridos que tumbaron los jarrones que se encontraban en las esquinas de la habitación, rompieron los vidrios de las ventanas haciéndolos estallar en miles de pedacitos.

Rápidamente luego de su extrañísimo orgasmo tomo su ropa se vistió y me pidió que hiciera lo mismo. Salimos corriendo por las escaleras de emergencia. Yo no entendía nada. Una vez que llegamos a mi casa nos escabullimos hasta mi habitación para evitar preguntas de mis padres, una vez ahí Romina se largo a llorar en mis brazos pidiéndome perdón.

Romina venia de otro planeta en el que sólo existían las mujeres. Es por eso que sabia tantos trucos para darme placer. Y ese grito simplemente fue un gemido de su especie.
Ahora vivimos las dos fuera de la vía Láctea. Tenemos dos hijas (las mujeres en ese planeta tienen la capacidad de reproducirse sin los hombres) y una casa como siempre la soñé: con una familia adentro.

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